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Cualquier parecido con la realidad es pura casualidad...

Para Encarna, con mucho cariño.

jueves, 13 de julio de 2017

Naufragio en El Hierro -segunda parte-

Pasado el tiempo, vino a la isla la que fue en vida mejor amiga de su madre. Traía bajo el brazo un paquete envuelto en un papel marrón con una cuerdita blanca cuidadosamente atado.
Le sorprendió mucho verla, y después de un fuerte abrazo él le dijo que le parecía que era un pedacito de su madre la que venía a verle; y en verdad así era.
Ya tranquilos y sentados en el comedor, ella puso el paquete en la mesa. Él se fijó un segundo en él y sintió un escalofrío en la espalda, como cuando veía una película que le gustase mucho y una escena en particular le robase el alma.

Después de preguntarle por su recuperación y vida en El Hierro, ella le contó cómo cuando la madre de él enfermó, ella fue a verla al hospital.
-Estaba muy malita. Hasta entonces fue la mujer más sana e inteligente que nunca conocí. Pero esa semana algo en ella se quebró. Nadie está libre de que algo así pueda pasar. Sobre todo personas que...
-Sigue -dijo él- por favor.
Después de beber un poco del agua que él le ofreciera  y que estaba en la mesa en una jarra con dos vasos, ella continuó hablando.
-...personas que han sufrido mucho en la vida.
Bueno. Pues el día que fui a verla me dio este paquete para ustedes. He perdido el contacto con tus hermanos, pero supe de ti por un amigo comerciante que trabaja con algunas empresas de El Hierro, por eso decidí venir para darte el paquete.
Eso fue todo. Se despidieron, el ferry no tardaría en regresar a la isla grande.
Él quedó en la casa, solo y con una sensación de ahogo emocional en el pecho. Cogió el paquete y se sentó en su sillón de playa de la sala frente al televisor. Pareciera que Pardina -una de sus cinco gatos- intuyera que algo importante iba a suceder, así que corrió a su lado y se acurrucó junto a él. Pardina -con el pelo del color de su nombre- tenía unos ojos grandes y hermosos, siempre atentos a su amo, y un don especial para sentir lo que a él le ocurría.
Al desatar la cuerda, lo hizo con la impresión de que aquello sería un libro -al fin y al cabo su madre siempre fue amante de los libros y la lectura-, aunque ya tenía la excitada esperanza de que aquel misterioso objeto fuera algo más personal.
Al desdoblar el papel marrón se encontró con un cuaderno tamaño folio de tapa verde esperanza y de un grosor considerable. Al cuaderno se le notaban las señales evidentes de haber sido poco manipulado, además del típico grosor que se añade a los cuadernos que están escritos en buena parte de sus hojas, y este lo estaba. La letra inconfundible de su madre -esas poco comunes letras entendibles de médico- ocupaba aproximadamente la mitad de las hojas del cuaderno.
¿Qué habría escrito su madre en aquel cuaderno y por qué?
No pudo esperar más. El momento, la necesidad, la urgencia de entender, de saber que quería comunicar su madre era ahora.
Esto fue lo que leyó:

"Hijiños, hoy es 23 de septiembre de 1984. Hace unos días tuve un sueño, un sueño que no puedo explicar bien, una especie de presentimiento de algo terrible. Al despertar de ese sueño, tuve la seguridad -no me preguntéis por qué- de que tenía que escribiros mi historia porque -según el sueño- más pronto que tarde no estaría más con vosotros, y, por una razón que el sueño no aclara, llegaría el día en que no sabríais quién fue vuestra madre (...)
Entonces él recordó cómo su madre, una semana antes del tres de octubre -día de su accidente con la moto- le había dado 7.000 ptas para que comprase un casco de moto, pues según le dijo, había tenido un sueño sobre un accidente o algo así. ¡Claro, todo encajaba!
Lamentablemente, a él le gustaba sentir el viento de la velocidad en la cara. Las siete mil ptas las utilizó para comprarse una raqueta de tenis. No, no le dijo nada de esto a su madre. Él era así.

Continuó la lectura:
- (...) Sé que parece una locura, pero estoy decidida a escribiros mi historia en un cuaderno. Este cuaderno. Al menos, parte de las cosas que viví, las suficientes para que nunca olvidéis quién fue vuestra madre. Suena a trajedia, pero el sueño es claro en ese sentido.
No os diré nada hasta que sea el momento.
Una cosa antes de empezar. Escribiré por las noches antes de acostarme, en mi pequeño escritorio. No soy escritora, así que escribiré los recuerdos según vengan a mi mente, pero no siempre de forma cronológica. Así que tendréis que hacer un esfuerzo para hilar dichos acontecimientos. Mañana empezaré."
Él también decidió tomarse un respiro. Más tarde continuaría con la lectura.

Continuará...

miércoles, 10 de agosto de 2016

Nota sobre el autor

Francisco Agustín Pérez García, herreño de adopción, autor de este blog, llegó al Hierro empezando el año 1992. Desde entonces nunca más quiso salir de la isla, excepto en contadas ocasiones, y por razones médicas o familiares.
Aficionado a escribir desde su infancia, a los dieciséis años sufre un accidente de tráfico con una moto que cambia su vida de forma radical. Ahí es donde más se vuelca a escribir. 
A causa de su alma atormentada no pudo conservar todo lo escrito, tanto en papel, como en las redes sociales, pero sí consiguió conservar su última obra, este blog, en el que está "Brumas de esperanza" y "Naufragio en El Hierro" -primera y segunda parte-. 
El autor ofrece al público de manera libre y gratuita su obra en este blog para ser solo leída o compartida.

martes, 10 de mayo de 2016

Brumas de esperanza

El barrio de Tesine, a esas horas y en pleno mes de mayo, tenía la apariencia de un sueño plata y perezoso que nunca fuera a despertar. La bruma, asentada frente a la ventana, tenía en sí misma el misterio de la vida y el sinsentido de un día más.
María se frotó la cara para hacerla entrar en calor. La piel de su hermoso y joven cuerpo amanecía fría como la escarcha, aunque el hielo del invierno ya se había retirado semanas atrás. Los huesos todavía estaban en febrero; tampoco despertaban mejor.
Ya tenía la cafetera al fuego, y Carlos, su hombre, se ponía el remendado pantalón verde y las botas sucias y gastadas del trabajo; como si nunca lo hubieran dejado en paro; como si ya la cuadrilla lo estuviera esperando en la calle; como si no se hubiera pasado toda la noche sin poder dormir, pensando qué hacer para arrastrar un día más sin vivir. Vivir, para Carlos y su familia, y por supuesto para María, era un concepto inseparable del trabajo. Trabajar era vivir, y vivir era trabajar; estar en paro era tener una grave enfermedad.
Desde pequeños, María y Carlos no habían conocido otro quehacer. Es verdad que fueron a la escuela, hasta los catorce ella y hasta los trece él, pero aquella experiencia fue más bien un tiempo de juego y descanso de lo realmente importante. Cuando el Colegio de Valverde abría las puertas, tanto Carlitos como la pequeña María ya llevaban horas levantados. Habían desayunado la leche fresca con gofio e higos pasados; habían ido a los animales él, y a limpiar la cuadra y repartir la leche ella. 
 Después se habían lavado lo mejor posible en el viejo lavabo que compartían las dos casas; que por más que sus madres se empeñaban cada día en frotar y frotar, no le salían las manchas amarillas que de viejo tenía. Así como la piel de sus madres se había envejecido antes de tiempo con el sol de las montañas, a fuerza de pasar tantos años trabajando en el campo.
La pequeña María, desde la ventana de la cocina, podía ver la luz encendida en la casa de Carlitos. 
No eran hermanos, pero como si lo fueran: eran compañeros en las labores del campo junto con sus padres y tíos; aunque quizás, lo más importante para ella, era que Carlitos fue el único niño en el colegio que miraba por ella: no dudaba en liarse a tortas con dos niños de rabo blanco (de familias supuestamente acomodadas), que aprovechaban cualquier ocasión para dejarle claro, a la pequeña María, que olía a mierda de vaca y no merecía ir al mismo colegio que ellos. En realidad, era la mentalidad de ellos la que sobraba, pero Franco todavía no había muerto, y aún eso, a fuerza de no poderse decir, nadie lo escuchaba.
La distinción social en dos grupos: de rabo blanco y rabo negro, era la más de las veces un prejuicio social, y no una realidad fundamentada; pues en la isla se contaban con los dedos de una mano aquellos que no tuvieran escasez de recursos. El color "del rabo" era por lo tanto, casi siempre, solamente una apariencia, un prejuicio que podía ubicarse en cualquier persona, tuviese "el rabo" del color que lo tuviese. Sin mencionar los rabos teñidos de blanco, a los que bastaba cualquier aguacero para que se delatase su verdadero color, que ese es otro cantar. Por suerte, había personas en la isla que habían sido educadas por madres admirables, que sabían muy bien que las personas, en realidad, no tienen "rabo", a lo sumo, una larga cola de prejuicios en la cabeza.

Carlos y María intentaban despertar aquella mañana del mes de mayo. Sentados en la mesita de la pequeña cocina de paredes que un día fueran blancas, y a las que hoy oscurecía la humedad, recibían agradecidos en la piel de su rostro, el calor del aroma que subía desde las tazas de café arrimadas a sus labios. María sujetaba la taza abrazándola con sus manos. Recordó con media sonrisa una vez que Carlitos y ella estaban atareados en el campo:

En un momento de descanso, ella, aburrida, le tiró una piedra acertando a darle en el “tronco la oreja”.
Cuando Carlitos sintió el impacto, se llevó instintivamente la mano al lugar del quemazón, e imaginó que la pequeña María tenía ganas de jugar. Salió corriendo tras ella con los brazos extendidos, y gritando con aquella aparente furia (que no podía esconder un gesto de amor): -¡Ven aquí sanjorina…!, ¡no corras Mariquilla...! No tardó más de un tris en darle alcance, rodearla y atraparla con sus fuertes brazos. La abrazó por detrás elevándola un palmo del suelo, y caminó llevando a la pequeña María en volandas hasta la enmohecida bañera, que servía de abrevadero para las vacas, donde una fina y flotante capa de moho cubría el agua bendita. Bendita, al menos, para los animales.
Carlitos, resuelto a hacerle pagar caro su atrevimiento, agarró fuertemente la cabeza de María con sus manos, empurrándola hacia abajo, donde le esperaba el verde líquido amenazador. María se resistía, en vano, con todas sus fuerzas, intentando zafarse de semejante destino, pero era harto difícil escapar de Carlitos, por muy fuerte que ella también estuviese gracias a la dureza del campo y a los copiosos desayunos.
Carlitos, aunque era pequeño de estatura para su edad, estaba fuerte como un becerro, y no desistiría de su resolución. Cuando María sintió el agua pegajosa invadir sus ojos, boca, nariz y orejas, estalló en una rabia incontenible producto del asco que le provocaba el agua, baboseada por las vacas, en su cara, y el no poder respirar.
Él siempre jugaba con ella cogiéndole la nariz, dificultando así la respiración por un segundo; aunque su verdadera intención era sentirla cerca y llamar su atención. Jugar con ella era como un refresco en el tedio del trabajo diario, pero ella odiaba sentirse atrapada y se enojaba mucho con él.

No fue hasta aquel verano del ochenta y dos, que entendió que María odiaba esos juegos de manos. No fue hasta aquel verano en que se entregaron juntos al deseo, cuando él conoció el verdadero lenguaje del amor.

Por fin, al cabo de un inacabable segundo, Carlitos abrió sus manos y brazos riendo a carcajadas; y ella sacó su cabeza del agua con el impulso de un resorte desesperado, y con una máscara verde en la cara que no le impedía ver la horquilla que se encontraba a su alcance por la derecha. De un brincó la cogió roja de cólera y locura, y salió corriendo tras él gritando con fuerza y aterradora credibilidad: ¡Te mato, te mato...!, blandiendo en alto la amenazadora horquilla en su mano derecha, y bombeando, desesperado, su indignado corazón.

Con un pestañeo de sus ojos, María volvió a sentir el calor de la taza en sus manos. Levantando la mirada hacia su compañero, le dijo: -¿A quién piensas ver hoy?  -Hoy daré una vuelta por el norte a ver si veo a Justo, el hijo de Otilia.
-¿La de Betenama? Carlos le respondió con un sí seco, arrugando la comisura de sus labios como hacía siempre que no quería hablar más sobre algo porque le perturbaba demasiado. Después añadió: -¿Cuánto dinero te queda “pa” ir hoy a la tienda?
-Tres o cuatro euros, pero voy a ir a casa de mi madre “pa” pedirle que nos deje veinte “pa” llegar a junio, y ya con la ayuda le devolvemos todo.

Carlos se quedó un momento pensativo, como si algo o alguien le hablase desde algún rincón de su memoria. Después, modulando la voz con aquel tono de sabiduría que ponía a veces, le dijo a María: -¿Te acuerdas cuando pensábamos que no había nada peor que trabajar en el campo con los animales? Ahora daría lo que fuese porque alguien tuviera animales que poder cuidar. Al menos podríamos tener un hijo. Recuerdo cómo lo deseabas el día que nos mudamos “pa” vivir juntos, ¡cómo lo deseábamos! Cómo te gustaba bailar y ya hace tanto que no vamos... ¡De dónde nos habrá caído tan mala suerte! 
-No te tortures más Carlos, ya verás: por algún sitio vendrá la buena y todo será posible mientras haya salud. A lo mejor el ayuntamiento cualquier día nos llama... 
 -Ya sabes lo que me dicen siempre: que no tenemos estudios, y así es muy difícil colocarnos...  -Pues cualquiera se mete a estudiar a estas alturas. Dijo María con un gesto de cansancio. Con ese comentario terminaron de hablar.

Carlos se fue a hacer dedo en el barrio de El Cabo para que algún coche le llevase al norte a probar fortuna. María se quedó recogiendo un poco la casa. 
Mientras limpiaba, a veces ponía un poco de música en la radio para animarse; sobre todo los días en que la bruma ensombrecía Tesine con una película deprimente y desalentadora, pero que a la vez, mantenía oculta una misteriosa y latente esperanza. 
Le dio al buscador de la radio, aunque no eran muchas las emisoras que desde su casa se podían sintonizar. Por alguna razón, aquel buscar emisoras en la nada hizo que ella se fuera volando a lomos de su imaginación, a través de las nubes de su memoria, para aterrizar en aquel diecinueve de septiembre de mil novecientos ochenta y dos. 

Ya la pubertad empujaba con fuerza sus cuerpos infantiles cuando aquella tarde, la madre de Carlitos y la de la pequeña María, entre risitas y cuchicheos comían unas brevas en la cocina de la casa de ella.
Los niños preguntaron al unísono a sus madres si podían ir a jugar un rato, y sus madres, casi a la vez, les dijeron que tenían toda la tarde para ellos.
En un tris, ya estaban corriendo por el sendero que lleva a sus casas, pero en dirección opuesta; y él la cogió de la mano, la miró feliz y exultante de gozos latentes, agradecido por aquella oportunidad extraordinaria, y le dijo: -¡Vamos a Tifirabe! Ella, compartiendo aquel gozo con él, le hizo ver que sí repetidas veces, con un movimiento gestual en su rostro y aquella preciosa sonrisa y aquel brillo en sus ojos.
La charca de Tifirabe era un embalse de agua situado tres kilómetros montaña arriba, pero corriendo como iban, sin pisar el suelo, llegaron enseguida. Aquella charca llevaba años saliéndose por una fuga que tenía, según decían sus padres, desde que fue construida. El fondo de la charca no era llano, sino que tenía una gran rampa, de lado a lado, que desde la media altura de la charca bajaba hasta el fondo, donde siempre había un metro de agua de profundidad formando una pequeña laguna de agua verdosa, que junto a la rampa hacía las veces de una playa en la imaginación de unos niños que veían el mar más bien poco.
Todos los años se daban alguna escapada a la charca para bañarse, tomar el sol, gritar fuerte entre sus paredes y buscar ranas.
Pero en aquel mil novecientos ochenta y dos, una fuerza desconocida bullía en su interior. Cuando ella se desnudó dispuesta a darse un chapuzón, quedó solo con las bragas, que ya dibujaban con blanca claridad las curvas femeninas de un género dispuesto a reclamar. Carlitos quedó atrapado en la belleza de ella, y ella, al darse cuenta, se puso roja como un tomate y se quedó como paralizada, sin saber qué hacer. Por fin él se desnudó también, salió corriendo despavorido, y se adentró en el agua riendo y mojando a María, tirándole agua repetidas veces hasta que ella, empapada, también se dio una zambullida acercándose a él muerta de risa, intentando hacerle una ahogadilla.
Entre aquellos juegos, sus cuerpos, al rozarse, pusieron en marcha desconocidos mecanismos que los acercaban como dos imanes testarudos dispuestos a saltarse cualquier impedimento.
Exaustos de brincar terminaron en “la playa”; ella, con los ojos cerrados y una sonrisa, acostada boca arriba; él, de lado hacia ella, perdido en la luz del sol que al rebotar en el precioso cuerpo de aquella niña, reivindicaba la salvaje belleza femenina.
Entonces él le preguntó a ella si jugaban a que eran mayores, y a pesar de ser la primera vez que le proponía ese juego, ella le dijo que sí. Él la abrazó desesperado, y ella, temblando, lo recibió resuelta al amor. 
Acariciar, besar, morir, subir al cielo y reventar, y dentro del pecho expeler el dolor eterno al gozar.
Se acariciaron, abrazaron y besaron sin fin, con las bocas y con los sexos, a los que, pese a todo, no les fue permitido superar la frontera del calzoncillo y las braguitas, que seguían ahí como coartada del “delito” y pasaporte para gozar toda la tarde de aquella maravillosa experiencia de calor veraniego y cuerpos templados.

El  azar cayó en Onda Herreña, que en ese momento transmitía "Las rancheras del amigo Antonio" (música alegre, la que ella quería): perfecto, ¡a limpiar! 
Mientras tanto, Carlos ya era conducido por Venancio, el primo de Isora que siempre le paraba la camioneta. En el interior del vehículo el ruido era atronador, pero a pesar de ello, ambos primos mantenían a gritos una intrascendente conversación de lo más animada; como si los problemas del mundo en general y de la isla en particular, no fueran con ellos; como el desahogo por una válvula de escape de una olla a presión. Esos momentos eran bienvenidos, y hasta necesarios.
El contenido de aquella elevada conversación pasó de las risas a pintar en el rostro de Venancio un evidente enfado; en el de Carlos, una creciente atención. 
La conversación giraba en torno a la desgracia que le había sobrevenido a un vecino y amigo de Venancio: se había quedado sin mujer, sin hijos y sin casa, según las palabras de Venancio, por culpa de que a su mujer no se le había ocurrido otra cosa que ponerse a estudiar en Radio ECCA, y al parecer, se había espabilado demasiado.
Carlos no tenía formación, pero poseía la inteligencia de pensar antes de hablar; sobre todo cuando algo le hacía intuir que un asunto merecía especial cuidado. Miró el cercano mar allá abajo y preguntó a Venancio: -¿Pero ellos estaban bien antes de ella ponerse a estudiar? Sólo esa pregunta fue suficiente para que Venancio respondiera bajando el tono y la intensidad de su voz; ya no sonaba tan resuelta y beligerante: -La verdad es que él es un poco bruto de boca, pero en el fondo es buena persona. 
-Venancio, se puede ser bruto “pa” la gente o “pa” uno mismo, pero tratar bien a una mujer; ¿a ella la trataba bien? -¡Carlos, no digas burradas, si uno es bruto es bruto “pa” todo! ¡No se puede ser bruto “pa” una cosa sí, y “pa” otra no!

En tanto hablaban, ya habían llegado a El Mocanal, a la altura del Potrero. El Potrero era un bar a pie de carretera, en el que los trabajadores que van y vienen de dos de las principales poblaciones de la isla, conocidas por Villa de Santa María de Valverde y La Frontera, paran para tomar un cafecito, saludar una cara amiga, comentar el último partido de fútbol o contienda política, y continuar con la jornada de trabajo.
Venancio paró la camioneta en los aparcamientos que hay enfrente del bar para dejar a Carlos, pero como la conversación valía la pena, paró el motor. Carlos volvió a dar en el clavo con una de sus preguntas, dejando esta vez descolocado del todo a Venancio: -¿Él tenía animales? -Sí tenía y tiene, ¡que tampoco se ha muerto el hombre! ¿Pero qué tiene eso que ver con su mujer? Jajaja. 
-¿Y tú has visto cómo trata a sus animales? Carlos perseveró en la seriedad ante las risas de Venancio, con la resolución de quien sabe perfectamente a dónde quiere ir. -Tiene unas pocas de cabras y poco más. También tiene perros y un montón de gatos a los que cuida con un esmero admirable; adora a sus animales. Fíjate que cuando les habla, le cambia hasta la voz; se pone todo meloso el hombre. 
-¿Y a su mujer le hablaba así? 

A cada pregunta de Carlos se diría que no sólo aquella conversación se esclarecía más y más: era el lado oscuro de una mentalidad heredada lo que se ponía patas arriba. Venancio no pudo más que responder con sinceridad, aunque ésta reprochase su propia actitud: -Por lo que dicen y por lo que yo vi, a su mujer casi no le hablaba. 
-Ya veo. Comentó Carlos como reflexionando. No conformándose con eso, continuó diciendo: -Bueno, por lo menos la respetaría y no intentaría reprimirla... -¿Qué significa esa palabra? Preguntó Venancio enfurruñado. 
-¿Cuál? -Esa que dijiste por último: repri no sé qué. 
-¿Reprimir? Mira Venancio, a ver cómo te lo puedo explicar. Reprimir es como... 

A Carlos siempre le costaba encontrar palabras adecuadas. Palabras, que en este caso, no sólo valiesen para explicar el significado de aquella palabra, sino para dilucidar el asunto que estaban tratando. Ya empezaba a intuir que no sólo el caso del vecino de Venancio quedaría esclarecido en aquella camioneta, sino quizás, parte de sus propias vidas.
Al fin Carlos añadió: -¿Qué haces cuando tienes una cabra, y no quieres que salte un cercado y paste fuera de lo tuyo? Venancio, lleno de intriga y curiosidad, contestó: -¡Apearla! 
-Pues ahí lo tienes Venancio. Intentar reprimir a una mujer significa tratarla como si fuera un animal, y no como lo que es: un ser humano igual al hombre, y no sólo igual al hombre. La mujer es en muchas cosas mejor que nosotros.

Un silencio esclarecedor respondió al comentario de Carlos. Venancio, rendido, se sumó a la reflexión: -Recuerdo una vez que mi mujer, los niños y yo cenamos en su casa; y no sé, ocurrió algo que no le gustó nada a mi mujer y a mi me extrañó, la verdad.
-¿Qué fue? Preguntó Carlos, con la honesta pero ansiosa curiosidad que permanece muy lejos del morbo malsano que acarrean muchas de las curiosidades locales.
Venancio continuó su historia: -En un momento de la cena, Clara, mi mujer, contó una gracia; y Ana, la mujer de mi vecino, se echó a reír. 
-Ahá... -Entonces, sin venir a cuento, el marido de Ana lanzó un gruñido de mala sangre, y la miró como... como con asco y desprecio. 
-¿Por el hecho de reírse con tu mujer? -Eso es. Tenías que haberlo visto, mi mujer se quedó de piedra. 
-Pues ahí lo tienes Venancio: En este caso, volver a estudiar le sirvió a tu vecina para darse cuenta de que es una persona con derechos y posibilidades, y no un animal indefenso en manos de un hombre que se comporta como una bestia. -¡Muchacho, me voy que no llego! Dijo Venancio arrancando la camioneta. 

Se despidieron, y Carlos se sentó en un saliente del aparcamiento: quedó como parado en el tiempo,  y pensó en cómo el hecho de estudiar había ayudado a aquella mujer. Miró el mar buscando respuestas a preguntas que aún no había conseguido formular, pero siempre que se sentía así, el mar le ayudaba a comprender aquello que le atormentaba. Recordó los problemas que tanto María como él habían tenido para encontrar trabajo. Le dio miedo pensar que quizás María, con estudios y un buen trabajo, no se quedaría a su lado. Pensó que al fin y al cabo, él era un don nadie sin formación ni futuro. Y es que María era tan bonita... 

La visualizó caminando por la calle principal de la Villa, con un vestido de esos que nunca le pudo regalar: Encarnadas y finas telas dibujaban la belleza de unas líneas curvas y jóvenes; unos zapatos rojos, de tacón alto, provocaban a su cuerpo el ángulo deseado para resaltar sus redondas nalgas, que se balanceaban alegres, al paso de las deseadas piernas, que marcaban con femenina y genética inteligencia, los músculos vestidos de una piel tersa y marfil. Un escote de infarto lucía dos senos firmes y llenos. 
-¡Está de cine mi María!
De pronto, el miedo se apoderó de él. Se frotó los ojos intentando borrar de su mente aquella fantástica visión. Nunca había visto a María con un vestido así o tan arreglada.
Él la amaba, y precisamente por eso, y aún sin ser consciente de ello, no podía permitir que su miedo se convirtiera en un lastre para ella.  Pero había llegado la hora de pensar en esas cosas. Cosas como qué podía hacer él para ayudarla a progresar como mujer. Cosas como que ayudarla es amarla y ser un hombre; y lo otro..., lo otro es otra cosa.

No fue capaz de esperar un minuto más sin contarle la buena nueva a su María. Cogió el camino de vuelta a casa, imaginando las mejores palabras para convencer a la mujer de su vida de que terminara sus estudios. Aunque María todo lo que tenía de linda lo tenía de tozuda: si decía que no más de una semana seguida, ya podía venir San Judas Tadeo en persona, que era no y no.

Cuando llegó a casa, encontró a María atareada en el dormitorio -cuya entrada estaba en el corto pasillo, frente a la puerta principal-, con el viejo pantalón, el pelo enmarañado y las gastadas zapatillas.
Descansaba un momento la espalda, apoyándose con la mano izquierda en el palo de la fregona, y con el puño cerrado de la otra en su cintura.
Al escuchar las llaves, se giró para ver abrir la puerta de la casa, y vio a Carlos con la felicidad en la cara. La alegría no necesitó más que un segundo para contagiarse. Le dijo sorprendida e ilusionada: -¡Carlos, encontraste trabajo! -No, María… pero ha ocurrido algo… ¡Algo muy bueno María! 
La abrazó ciñendo la cintura, y sintiendo, a la par de las pieles estremeciéndose, que tenía entre sus brazos algo de gran valor. Olió su pelo en una bocanada que le traía recuerdos instantáneos e inconscientes de dilatado placer. 
Se sentaron a los pies de la cama dados de la mano. Ella, dispuesta a lo que él quisiera porque ella lo quería todo; él, decidido a su intención: le contó la conversación que había tenido con su primo Venancio; lo que le había ocurrido a aquella familia de Isora; lo guapa que estaba en la hermosa visión que tuvo sentado en los aparcamientos de El Potrero, en El Mocanal; las cosas que había sentido y meditado en su corazón...
Ella le abrazó el cuello reclinándose hacia atrás; sobre la cama deshecha lo besó con la boca dulce, el alma suave y el cuerpo caliente, y tras los instantes eternos, distanciándose unos centímetros de su cara, le dijo que lo amaba y añadió -sorprendiendo a Carlos- con aquella preciosa sonrisa: -¡Sí, sí!, estudiaré en Radio ECCA con mi prima, pero con una condición: ¡tú vendrás conmigo! Lo volvió a besar apasionada, y entre abrazos de manos y piernas le dijo “mi amor…”, y al decir "mi amor", frenó intencionadamente la velocidad y el volumen de las palabras, reflejando en sus ojos cada una de las letras pronunciadas, y dejando después un gesto de aprobación. Lo que ocurrió después pertenece a la intimidad de dos cuerpos desnudos entregados al amor.

Así fue como Carlos y María tomaron la decisión. Después de dos años acabaron sus estudios y consiguieron trabajo los dos: ella, un buen puesto en el Cabildo, y él, uno que no estaba mal en el Ayuntamiento.
Empezaron a frecuentar bailes y actividades culturales, que trajeron consigo un aliciente más para sus vidas, una forma más de disfrutar de su amor; sumado a la autoestima de comprobar cómo sacaban para adelante sus estudios, y mejoraban como personas y como pareja día a día.
¡Ah, lo olvidaba! La visión de Carlos de su mujer bien vestida por la calle, se cumplió tal y como él la visualizó. Lo que faltaba por esclarecer en aquella visión, es que cuando se cumplió, Carlos miraba a su María desde su coche, aparcado en la balaustrada de la calle principal de la Villa, esperándola para llevarla a casa. Y que cuando ella llegó hasta él, lo saludó con un beso de amor, una sonrisa, y le espetó: -¡Ahora, a por el niño!
                              
                                 FIN

domingo, 28 de febrero de 2016

Naufragio en El Hierro -primera parte-

 Aquel tres de octubre del otoño de 1984, su cuerpo tenía espasmos y su mente caía por un precipicio inconsciente. Tenía una brecha encima del ojo derecho por donde amagaba un poco de sangre. Su cuerpo, inerte, se hundía en las arenas movedizas del asfalto. Los operarios de una ambulancia muy oportuna que pasaba por allí, rescataron su cuerpo de las garras de la carretera en una impactante imagen que produjo zozobra a los testigos. 

  Ingresó al centro sanitario por el servicio de urgencias: coma profundo, agitación psicomotriz movilizando en flexión sus cuatro extremidades, sin focalidad neurológica. Todo se debía a una hemorragia localizada en los ganglios basales derechos del cerebro. La lesión era demasiado profunda para ser susceptible de cirugía. Se adentraba en un túnel oscuro, desconocido, «sin fin». Un túnel en el que se perdería durante dos años, sumido en un sueño «eterno». 

 Paso a paso, su cuerpo se abandonaba a la «nada» más y más, soltando las amarras de su corta vida una a una. Ya empezaba a paralizarse en una triste expresión de agarrotamiento. Sensaciones, experiencias y pensamientos, aparentemente inconexos, comenzaron a sucederse una y otra vez en su interior. 

  Se movía para salir de aquel extraño lugar que le apretaba, buscando la manera más fácil de escapar. Consiguió sacar la cabeza, pero seguía atrapado de cuello para abajo. Tuvo una sensación grasienta y sintió cómo era empujado hacia fuera. Después, una intensa luz le deslumbraba; aún así, consiguió ver la cara de su madre, de refilón. Qué frío hacía... -¡Ya no te veo! ¿Dónde estás? Un escalofrío y una profunda sensación de miedo le recorrió el alma. 

  Su prisión -el coma- se convirtió en una tumba para él, un pozo sin fondo en el que se encontraba solo y sin forma de escapar. Sintió que nunca saldría de allí. Presintió que se despedía para siempre de la casa, de su sillón, del equipo de música, de su cama, de los libros, del disco de Supertramp... Un nudo intenso de pánico se apoderó de su estómago. Suplicó a gritos a su madre, estuviese donde estuviese, que no le dejase allí. 

 Aquel era un lugar extraño para él, al igual que él siempre fue un extraño para los lugares de su vida. ¿Por qué no recordaba cómo llegó allí? ¿De dónde venía esa capacidad para pasar la página del libro de la vida? ¿Era una capacidad o una carencia? ¿Estarían sufriendo sus seres queridos por él? Le abrumó la responsabilidad sobre la que empezaba a tomar conciencia. La responsabilidad de no provocar dolor a otros. ¿Sería capaz de manejar esa responsabilidad en el futuro? ¿Tenía él futuro? ¿Por qué no había reaccionado hasta ahora ante el posible daño causado por su situación actual? ¿La habría provocado él? ¿Por qué tendría aquella actitud tan contemplativa? 

 Estaba más aturdido que fascinado. En su interior ya funcionaba un mecanismo, todavía inconsciente, que le acompañaría toda su vida. Un mecanismo según el cual, se sentía incómodo en situaciones donde hubiera más de media docena de personas o en espacios demasiado grandes o abiertos. Si era un parque, que no fuera muy grande; si era un colegio, que no fuera muy grande; si era la naturaleza, que no fuera muy grande; si era un camino, que no fuera muy largo; si era la «nada», que no fuera muy «nada»... 

 Sintió cómo a medida que era incapaz de hacerse rescatar, su ansiedad se iba transformando en angustia y una lágrima clarificadora caía, solitaria, por un caminito húmedo en su rostro. ¿Podría verla alguien? -¡Quizás la hayan visto, y todo un dispositivo de rescate se ponga en marcha para sacarme de aquí! Pero... ¿Dónde estoy? Entonces le ocurrió como tantas veces: quedó paralizado, incapaz de pedir ayuda, de llamar a la madre o a su hermana y decirle que se había perdido. Miró hacia arriba, e, igualito que si hubiera visto un ángel, vio al hombre del "Un, dos tres", el de la tele, sonriendo con aquella amplia sonrisa que tantas veces había visto en el blanco y negro de la televisión. La estrella televisiva le cogió en brazos y lo levantó mientras posaba para unas cámaras de fotógrafos... 

 Pensó en cuándo acabaría todo aquello. Aquel sueño, visión, muerte, vida o lo que fuese. La palabra muerte ni lo rozó, pasando ante sus «ojos» como una gaviota más, al son de una música de Neil Diamond que se oía con fuerza, derrepente. Se preguntó el sentido de aquella experiencia, y cuánto más duraría todo aquello. La vida es como navegar por el océano -pensó-: a veces sentimos que la tormenta acabará con nosotros; a veces la calma chicha parece no terminar nunca y a veces, solo a veces, el viento próspero llena nuestras velas y nos hace volar. 

 Corría despavorido bajo una lluvia de piedras. Cansado de luchar por escapar, se paró de cara a sus verdugos, inmóvil, deseando que todo terminara de una vez a lomos de una de aquellas decisiones de origen desconocido para él. Un impacto de dolor intenso alcanzó su ojo derecho, motivando su caída al suelo. En realidad, estaba reviviendo la colisión de su accidente de tráfico encarnado en recuerdos vividos en su tierna infancia. Y es que a veces los sueños hablan en lenguajes desconocidos. El accidente que le había puesto donde ahora estaba, pero él no recordaba. Ni se le pasaba por la cabeza algo así. 

 Seguían pasando las horas interminables, inmóvil en aquella cama de hospital. En realidad él intuía dónde estaba, pero era una intuición débil, sutil, incapaz de transformarse en pensamiento. 

 Ahora estaba en el rincón de un pequeño balcón de habitación de hotel. Se sentía bien allí, agarrado con fuerza a los barrotes antiguos, blancos y algo oxidados que formaban el barandaje. Sintió una intensa añoranza y deseó que todos se olvidaran de él allí: que le dejaran vivir en aquel trocito de balcón, a resguardo de un mundo demasiado cambiante y caótico para él. Aquello se convirtió en su único deseo. Un pequeño balcón convertido en su hogar desde su imaginación. Pero el balcón-hogar se desvaneció como su propia vida, y él volvió a perderse a sí mismo flotando en la «nada» una vez más, como tantas veces en su vida, una «nada» demasiado grande para él y cada vez menos desconocida. La extensión de ella se perdía en el horizonte. ¡Qué inmenso era aquel lugar y qué pequeño se volvía uno allí! 

 Su propia vida, inmersa en las profundidades de un coma profundo, se iba diluyendo en una visión que indefectiblemente iba perdiendo vitalidad. ¿Estaría muriendo? Si así fuese, ¿a dónde le llevaría la muerte? ¿Dejaría realmente la vida atrás? Por la infancia pasada, en la cual hubo muchas mudanzas, estaba acostumbrado a ir de aquí para allá, y le daba casi igual una mudanza más. No dejaba su hogar atrás, pues hacía mucho tiempo que lo había perdido, si es que alguna vez lo tuvo. Quizás era su mundo interno su único hogar, el que le mantenía a salvo a pesar del caos exterior. Tenía sentido. La mayor parte de las horas de su vida las pasó allí, escondido en su interior, en su refugio, volando con su imaginación.
*
 Día seiscientos sesenta y seis dormido en el coma más profundo. Su madre, como cada día desde hacía ya seiscientas treinta y cinco noches, apretaba su mano esperando respuesta.

 El médico dijo a su hermana María que todo era inútil: no se podía hacer nada más, ya había pasado la frontera de lo que ellos entendían como irreversible. Al día siguiente desenchufarían las máquinas que le mantenían agarrado al último hilo de la vida. Según los médicos era inútil mantenerle así, a parte de muy costoso.

 Fue entonces cuando él, por primera vez en dos años, oyó algo: escuchó lo que parecía... ¡su propia voz!:
-Chiqui, tuvimos un accidente... Y ahora estamos aquí.  
Y él, renaciendo con trascendencia, pero sin mucho esfuerzo, contestó:
-Pero... esa voz... tú, tú eres... ¿tú eres yo? 
-Así es.
-¿Y estamos, muertos? 
-Casi.
-Pensé que todo era un sueño. 
-Ya ves...
-¿Y ahora qué hacemos? 
-¿La ves?
-¿A quién? 
-A mamá.
-No la veo, está todo oscuro, sólo escucho tu voz. 
-Mira hacia abajo.

 Entonces él miró hacia abajo, a su derecha, y vio a su madre llorando desesperada sobre el pecho del cuerpo de un niño que se parecía a él, pero que tan flaco -su cara era puros ojos- y con cables y máquinas por todo el cuerpo, no lo pudo reconocer.
 -¿Quién es ese chico? Dijo él.
-Somos nosotros. Contestó la voz.
-Nosotros... ¿Y qué está diciendo ella? No la oigo. 
-Dice lo mismo que nos ha dicho cada día y cada noche, ahí sentada, a nuestro lado, durante dos años: que si la oímos, apretemos su mano con la nuestra. Hace dos años agarró nuestra mano y desde entonces no la ha soltado. Dice que no queda tiempo, que o despertamos hoy, o se acabó.
-¡Dos años! ¿He estado aquí dos años?
-Sí.
-¡Es absurdo! Dos años... Entonces ¿Qué edad tengo ahora?
-Dieciocho.
-Pero... Ayer tenía dieciséis... Dijo él en un triste intento de imaginar lo que se había perdido.
-¿No la oyes?
-¡Ya te dije que no! Si tú has podido oírla y tú eres yo ¿por qué no has despertado? No me gusta verla sufrir así. 
-Yo no puedo, yo soy sólo tu voz. Tú eres el que vive realmente y puede despertar.
-¿Y cómo lo hago? 
-Sólo tienes que gritar.
-¿Así de fácil? 
-Sí.
-¿Y por qué no me lo habías dicho antes? ¡Llevo dos años flipando en la nada!
-A mí no me preguntes, yo sólo soy un "mandao".

 Entonces gritó con ganas, muy fuerte y alto, como para que le oyeran en todo el Hospital. Pero nada ocurrió.

 -¡No me oye! 
-Tienes que gritar con el corazón.
-¿Con el...? El llanto de su madre interrumpió la pregunta.
-El corazón, el corazón, qué fácil es decir eso. La frase típica de una película hecha por un tío que no sabe nada de nada...

 Buscó en su interior a la mamá para gritarle desde allí, pero también encontró a sus hermanos y otras cosas que no esperaba: todas y cada una de las ilusiones incumplidas; todas las veces que se enamoró; todos sus miedos vividos; el terror con el que se despertaba algunas veces en medio de la noche; la soledad; la inseguridad que le acompañó toda su vida; todas las veces que sintió dolor en su corazón; las pesadillas repetidas; los gritos de dolor...

 No quiso ver más, -impulsado por una inteligencia desconocida- reunió en su mente todas aquellas cosas que encontró en su interior y cerrando "los ojos" las convirtió en un grito de dolor que sonó profundo, absoluto y arrollador.

- ¡Aaahhhhhhhh!
 Fue entonces cuando apretó la mano de su madre en algo que pudiera parecerse a un tic muscular, pero que en realidad, provenía de una fuerza inmensa y desconocida que aquel chico de dieciséis años, que ahora tenía dieciocho, no pudo nunca entender ni explicar.
 María, su hermana, que estaba fuera de la pecera de la UVI, de pie, apoyada en el cristal, mirando a su hermano, pudo ver la mano moverse con claridad. Era el primer movimiento que veía en él en las interminables horas de dos años de visitas diarias. 
 La madre se puso eufórica de alegría y esperanza: corría por los pasillos como una loca buscando a los médicos para gritarles, con una mezcla de felicidad y rencor, que su hijo había despertado. Pero era inútil, nadie podía verla ni escucharla.

 María dio aviso a una enfermera de que su hermano había movido la mano derecha con la esperanza de que aquello significase algo. 
La enfermera reconoció al muchacho abriendo los párpados cerrados dos años atrás; y salió apresuradamente en busca del médico de guardia. Esto alentó la esperanza de María, encarnada en una súbita y creciente emoción.

 El médico utilizó inútiles argumentos para explicar el movimiento de la mano como un tic muscular, pero sobre todo para tranquilizar a la enfermera y a María, que observaba al médico desde el final del corredor con las manos en la boca para no dejar escapar un grito de impaciencia.  

 La otra, y no menos importante, razón del argumentario del médico: no tener que aceptar que la frontera de lo irreversible sentenciada días atrás, era errónea e iban a dejar morir a un chico con capacidad para despertar.

 Naturalmente, el médico fue a verlo a su pecera -convencido de la imposibilidad de que aquel chico, al que le quedaban horas para ser desenchufado, fuera a despertar-.

 Efectivamente, había despertado, había vuelto dejando atrás el coma profundo que le mantuvo atrapado durante dos largos añosEn la pequeña radio, aburrida junto a la cama, tocaban la canción de moda de Stevie Wonder: “I just call to say I love you…”

 Estaba siendo testigo del nacimiento de un nuevo yo en su vida, un nuevo yo que debía evolucionar apoyado en su propia personalidad, pero basándose en aquella dramática experiencia. Pronto descubriría que no era su mano, ni su pie, ni su cara bonita, ni siquiera sus pensamientos...
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 Pasaron las horas, los minutos, los segundos, las respiraciones y los latidos... hasta perder la cuenta de los días que llevaba despierto, por no mencionar las noches. 
Como no paraba de tocar la campanilla para que viniesen las enfermeras a alegrarle el horizonte, le ataron la mano derecha a la cama. La mano izquierda, con todo y brazo, se había empeñado en seguir agarrotada e inmóvil. 
Las eternas horas le llevaron a declarar la guerra contra aquellos que lo habían atado, como si estuviera loco para merecer ese trato... Todo, para que no molestase a unos enfermeros que, aprovechándose de que él no alcanzaba el botón de llamada, fueron capaces de amarrarlo para que no pudiese tocar la campanilla que su hermana había dejado cerca de su mano derecha. ¿O sería que las enfermeras se habrían quejado de que él rozaba, levemente con su mano, el paraíso escondido bajo pantalones de uniforme?
Como primera medida en la batalla, decidió sacar de sus soportes los barrotes donde estaba amarrada su mano, sin darse cuenta de que su plan tenía una falta: si conseguía su objetivo, y sacaba los enormes barrotes de los soportes de la cama, ¿después cómo sacaría la mano de unos barrotes que, aún liberados, no tendrían extremos libres?, ¿y qué pasaría con los enormes y pesados barrotes blancos una vez descocados? Pero todo aquello era demasiado complejo de imaginar. Su mente se movía lentamente, a gatas, como por instinto.
Después de un rato intentándolo, como quien prepara la fuga de una cárcel, sorprendido, consiguió su objetivo y desencajó los barrotes, que eran más grandes de lo que esperaba, arrastrándole con todo y ellos al suelo en una dantesca imagen. De su cuerpo salieron precipitados, enchufes, sondas por salve sea la parte, boca y nariz; y metros y metros de catéter que entraban y salían por varias partes del cuerpo. Su uretra sufrió daños irreversibles, sin embargo no sintió ningún dolor. El cuerpo desnudo se estremeció al entrar en contacto con el suelo, que estaba realmente frío.

A pesar de todo, empezaba a creer en la posibilidad de enamorar una enfermera. Es increíble, pero en aquella situación no pensaba sino en enamorar con alguna de aquellas chicas de blancos uniformes, buscando su complicidad con aquella sonrisa que sólo conseguía dibujar por el lado derecho de su cara. Pensó que nunca había visto la belleza femenina tan favorecida. 
Todos esos pensamientos, emociones y sensaciones placenteras que a pesar de todo, conseguía experimentar en su cuerpo, eran una vía de escape inconsciente para no pensar en los dos años de su juventud que había perdido, en lo que se le venía por delante y en los ruiditos de las máquinas, que empezaban a hacerse insoportables.

Después de quince días ya empezaba a darse paseos en la silla de ruedas, empujado por María o algún celador, camino de pruebas y trafagos varios.
Le encantaba la hora del baño porque venía su enfermera favorita, a la que él llamaba Almudena en sus sueños nocturnos: tan bella, bien proporcionada y pequeña, con un pelo lacio y castaño que no llegaba a tapar la nuca deliciosa, a la par de su cuello. Casi siempre venía ella todas las mañanas, con sus termómetros, pastillitas, sus tensiómetros abrazados alrededor de su cuello, cayendo armoniosos sobre el incipiente escote. ¡Quíén fuera tensiómetro para rozar las peras de los senos! Ya, al menos, era dueño de su sonrisa y su afecto. Le cogía suavemente la muñeca cada día, miraba su reloj, contaba las pulsaciones de su alocado corazón y él sentía en su piel el calor del cuerpo de ella en un centímetro de amor.

Una mañana, en su primer día de gimnasio, una vez levantado, colocado y asegurado en el aparato por Pepe, el fisio motero, sintió un vértigo sobrecogedor y pensó que nunca podría acostumbrarse a esas alturas. Agarrándose con la mano derecha en las pasarelas, mantuvo en equilibrio el cuerpo a duras penas. Pepe le ordenó marcialmente que diese un paso al frente. Lo hizo sin muchas dificultades con la pierna derecha, aunque sosteniéndose a duras penas con la izquierda el medio segundo justo para que no le diese tiempo a rendirse bajo el peso de lo que era para ella un mastodóntico cuerpo. A continuación, Pepe le ordenó que lo hiciese con la izquierda. Fue inútil. 
Él volvió a enfrentarse con el muro que existía entre la mitad de su cuerpo y él.
Entonces Pepe le dijo que se olvidase de la pierna, y que se concentrase en la cadera para, con ella, arrastrar la pierna hacia adelante. Lo consiguió sin demasiado esfuerzo y el fisio se puso a aplaudir y a felicitarle. ¡Podía caminar!

Con semanas de trabajo diario y largas esperas en el gimnasio, pudo caminar con cierta seguridad. Caminar libre añadió nuevos alicientes a su estancia en aquel lugar. Los pasillos y plantas del hospital se le antojaron como nuevos mundos por explorar y gentes que conocer.

Y llegó el día del alta tan deseado. 
Después de dos años, salir de aquel inmenso edificio que había sido físicamente (y en algún lugar de su conciencia) todo su mundo, le parecía como una de aquellas aventuras que emprendía cada vez que su madre decidía mudarse de domicilio. Sus ojos estaban abiertos de par en par para que nada se le escapase. 
Contó en los números del ascensor, en una cuenta que parecía no terminar nunca, los pisos que le faltaban para volver a conectar con el mundo "real", más allá de los sueños y pesadillas...
Al abrirse las puertas del ascensor, se abrió ante él un espacio mucho más iluminado. La luz bañaba aquel lugar en otra dimensión. Una dimensión en la que se zambulló como cuando uno se tira de cabeza al mar y entra en sus profundidades. En este caso, unas profundidades de luz. 
También le impresionaba el ajetreo de gente que iba y venía a toda prisa sin hacerle el menor caso. Se preguntó si se notaría en su cara por lo que había pasado... No se sintió como uno de ellos, sino como un E.T. entre bichos raros. Esa sensación de no identificación duraría mucho más allá de aquel hall de hospital, mucho más lejos de aquel momento de su vida, pero eso él, aún no lo sabía: el sentirse uno más había quedado atrás para siempre en el asfalto caliente de aquella avenida.

A su lado en el pasillo, había un niño esperando ingreso. Parecía bastante enfermo. Por las conversaciones de sus acompañantes dedujo que era herreño. Era el primer niño herreño que había visto en toda su vida. Ser herreño lo envolvía con un aire de misterio y provocaba en él una especial curiosidad. Las facciones de su cara, y sobre todo sus ojos, llamaron mucho su atención (una singularidad casi racial), así como que el niño le mirara constantemente con aquella mirada que reflejaba dolor, miedo y familiaridad, como si le conociera, como si quisiera decirle algo.
Él pensó en la paradoja del hecho de que se iba a casa y sin embargo aquel niño acababa de llegar. Soldados del mismo ejército, pero de distinta unidad; fusionados por la adversidad de la lucha. 
No tenía buen aspecto. ¿Por qué estaría allí?

El lado izquierdo de su cuerpo seguía paralizado. Le gustaba decir que su ala siniestra no se enteraba de que ya había despertado, que su mano y su pie creían que él seguía en coma, y se reía para quitarle importancia o quizás, porque realmente no entendía el alcance que todo aquello podía tener para su vida.
Después de una carrera por los pasillos a lo que le pareció una velocidad de vértigo, para resolver los últimos trámites del alta, salió afuera, y en la corta distancia entre la puerta del hospital y la ambulancia, vio por un instante el cielo sin cristales de por medio, ¡la calle! 
La vida y el mundo seguían allí como si nada hubiera ocurrido, como si todo hubiera sido un sueño, como si solo un instante le separase de aquella mañana... Fue un shok para él comprobar que la creación continuaba ahí, ajena a todo lo que le había pasado a él. 
Habían pasado dos años desde el accidente, pero para él habían pasado dos vidas, o quizás un instante nada más. 
El pensamiento obvio de que la vida continúa cuando ya no estamos aquí impactó en él con una nueva dimensión: real, personal y abrumadora. Santa Cruz seguía como si nada, entre rutinas de ruido y belleza, el currante a sus labores, y el estudiante a sus sueños de grandeza.

Al llegar a casa, se acordó de su madre y su hermano y le preguntó a su hermana María por ellos. Estaba claro que su cabeza no regía bien. ¿Por qué no se había percatado de su ausencia hasta ahora? ¿Y por qué nadie se los había nombrado desde que despertó? 
Ella dudó si decirle la verdad, pero finalmente: 
-Mamá... murió poco después de tu accidente. Yo estoy sola viviendo de mi trabajo, Jose está en Marruecos. Y nuestro padre, como siempre, a lo suyo en Ferrol. 
-¿Pero qué dices? ¡Mamá estaba a mi lado cuando desperté!. ¡Fue a ella a quien le apreté la mano! ¡Ha estado allí cogiéndome la mano todo este tiempo!
-No sé de qué me estás hablando. Lo habrás soñado. 
Sólo sé que vi cómo apretabas tu mano vacía. 
Allí no había nadie, y menos mamá que lleva casi dos años muerta.

Aquello era absurdo. Si toda aquella experiencia desde el accidente había sido extraña y llena de misterios, ahora, con estas palabras de su hermana, nada tenía sentido.
-¿Qué le pasó a mamá? ¿Qué hace nuestro hermano en Marruecos? Dijo él, mascando la tragedia.
-Tengo miedo de hablar más... es pronto para ti, date tiempo, ahora descansa, ya te contaré otro día. 
Aquellas palabras añadieron, como es natural, mayor ansiedad en él.
- No te preocupes, ya oíste al médico, mis limitaciones las marcará mi cuerpo, pero en lo demás no debes preocuparte. Por favor, ¡necesito saber!

Ella se sentó a su lado en el salón, en los sillones donde él solía fumar a escondidas escuchando a Supertramp, en el Estéreo que compró la mamá unos meses antes del accidente. Cogió despacio, cuidadosamente, las dos manos de él. 
Él sintió una sensacíon extraña en su mano izquierda (la mano, a pesar de estar paralizada, nunca perdió la sensibilidad), una sensación de afecto que cubría una incomodidad psicológica, no física.  ¿Hasta qué punto aquella mano sería un obstáculo para su felicidad? ¿Hasta dónde se interpondría entre él y sus seres queridos como ahora, en aquel gesto de afecto?
-A nuestro hermano lo cogieron en Marruecos, nueve días después de tu accidente, con dos kilos de droga, y lo condenaron a prisión. 
-¡¡Qué!!

Un silencio doloroso ocupó el salón; silencio roto de golpe por un lamento ahogado y profundo en él.
Ella pudo ver los ojos bañados en lágrimas. Los ojos de ella se contagiaron del acuoso desahogo y fue incapaz de añadir nada más.
-¿Cua... Cuántos años?
-Cuarenta años. Dijo ella compasivamente.
-¡¡Dios, cuarenta!! 

Él recordó, en un solo instante, aquella película que vio en la Universidad Laboral de La Laguna, dentro de las actividades escolares: "El Expreso de Medianoche". Aquella película causó un impacto terrible en él, mientras se reían algunos de sus compañeros, porque ya entonces a su hermano le gustaba demasiado fumar drogas ilegales, y viajar “a países de esos”. Ahora lloraba pensando en lo mal que lo estaría pasando, probablemente lo mismo que el protagonista de la película. Sus peores temores de entonces se hicieron realidad. 
Ella también lloraba.
-En la prensa de allá, a esa condena la llaman la perpetua, porque el que entra con cuarenta años de condena no sale más...
     
Después de los minutos que necesitaron para tranquilizarse y secar sus lágrimas, él se acordó de su madre:
-Pero espera. ¿Y qué pasó con mamá?
-Después de lo tuyo y de lo de Jose, se derrumbó. Enfermó.
-¿Enfermó? ¿De qué?
-De... la cabeza. La ingresaron durante nueve días y cuando salió, no llegó ni a casa.
-No te entiendo, ¡habla claro por favor!
-Se tiró por el puente Zurita y se mató.
     
Él sintió un gran silencio en su mente y su corazón. Un silencio hondo y absoluto. 
Después de estar un rato sentado y callado mirando a la nada, le arrebató un dolor desgarrador. Desde su más tierna infancia, ese dolor del alma que conoce todo aquel que ha pasado por él, aquí lo agarraba y allí lo soltaba en una caprichosa danza de sentimientos, cual impotente marioneta en manos de un inalterable titiritero. Sólo consiguió calmarse, tras unos minutos, en un pensamiento de gratitud. Gratitud, comprensión y amor por María; todo ello encarnado en un abrazo de amor.
Después de aquello, pasó días sin salir de casa, en silencio, mirando al vacío...

A veces, la familia se convierte en vergüenza, y la vergüenza amarga se convierte en demonio, el demonio se instala sin permiso en el alma, y ya no queda calor ni en resistentes rescoldos. El miedo al fracaso entonces lo devora todo, el no sentirse querido se instala en la casa, y muchos inocentes caen como las bajas de una guerra cruel en lo más íntimo del alma.

Los pensamientos, las palabras encadenadas, brotaban a borbotones de su interior, con mayor o menor sentido, tratando de construir los nuevos cimientos de su vida. Pensó cosas como que no podía morir dos veces ni podía volver a nacer, o que no podía amar libremente sin caer dolido otra vez, o que no podría decir un te quiero abrazado al atardecer. Pensó que tendría que esperar el momento, cuando todo callase en su interior, y aprovechar ese instante para dar todo su amor. Aunque sea solo un segundo, pensó, antes de que hayan muerto todos; aunque el dolor se mantuviera al acecho y él estuviese vivo por tan poco.

Una tarde se planteó la cuestión de que, en su vida futura, la palabra minusválido cobrase una dimensión desconocida hasta entonces para él. Poco a poco fue asimilando la gravedad de la situación en que se encontraba.

Una noche soñó con el día de su accidente. Lo que vio fue lo que captaron sus ojos abiertos e inconscientes cuando entró, agitado su cuerpo, por el servicio de urgencias dos años atrás. 
Sensaciones olvidadas e intensas de pánico lo atormentaron. 

¿Qué iba a hacer con su vida? Sentía que había naufragado en los océanos de una vida desconocida: cansado, dos años más viejo y con la mitad de su voz, la mitad de su respiración, la mitad de su cuerpo pléjico, incapacidad de orinar o tener hijos "como Dios manda", cicatrices por doquier, catorce operaciones, en coma, "a sus espaldas", la sensación de ser medio hombre y un complejo de inválido que no supo cuánto duraría. Y además algo que ya se fraguaba en su interior, pero él ignoraba: una enfermedad mental y un cáncer que más adelante estallarían.

Soñó, otra noche, con el niño herreño que vio en el hospital, con aquella mirada tan triste y misteriosa. El niño, en el sueño, le dijo algo, pero él no pudo oírle, así que le pidió que hablara más alto, por lo que el niño alzó la voz:
-¡Si eres un náufrago, mi isla siempre ha sido buen refugio para los náufragos buenos, como demuestra la leyenda de la Virgen de los Reyes!
-¿Qué leyenda es esa? No la conozco.
-Hace muchos, muchos años, llegó a mi isla la imagen de la Virgen en un barco. La forma en que llegó el barco, y lo que sucedió después con unos pastores y más tarde, con toda mi isla, dieron una misión a aquella imagen: convertirse en la Virgen de los herreños y de los náufragos buenos que lleguen a la isla, y convertir la isla en su refugio. La misión...
-¿En el refugio de ella?
-En el refugio de ella sí, pero también de todos los herreños y de los que siendo buenos, o queriendo serlo, lo han perdido todo, y necesiten una isla acogedora para naufragar.
¡Ah, se me olvidaba! Hay una herreña que está esperándote.

Aquellas palabras del pequeño herreño hicieron gran mella en él. A partir de entonces, estudió todo lo que pudo sobre aquella leyenda y pensó que la voz infantil pero profunda de aquel niño en su sueño, tenía que significar algo en su vida.
Después de un año de preparativos, embarcó en un ferry de Los Cristianos rumbo a "la isla de los náufragos". 
Mientras el ferry se alejaba de la costa, aún sin decidir dónde se acomodaría para la travesía, se le puso la carne de gallina al recordar aquella valla publicitaria del puerto de Los Cistianos, a la entrada del muelle, donde pudo leer estas -misteriosamente- oportunas palabras: "Sin las cadenas del ayer despertar, sentir, comenzar, en la esperanza una vez más, desear volver a empezar".

Durante la travesía, acomodado en cubierta, mirando el mar se preguntó cuántas cosas ocurrirían en sus profundidades. Hasta qué punto eran desconocidas las fronteras de esos mundos en que lindan los comas, los sueños, las muertes y las vidas. Se preguntó... se preguntó si habría muerto aquel niño herreño.
            
Después de muchos años sigue allí, en la isla, con su querida herreña, en su isla, su refugio exterior, un mundo hecho a molde para él, para su mundo interior; del que nunca más quiso salir. Su hermana va a verlo siempre que puede, momentos en los que, juntos, intentan construir, poco a poco y desde las cenizas, una familia. 

El hermano de ambos salió finalmente de aquel infierno con un golpe de suerte, como el de la película, y ahora navega por el mundo buscando la felicidad a bordo de un velero y un amor de verdad.

La isla tiembla de vez en cuando, para que sólo los que valoran de verdad a su patrona, la Virgen de los Reyes, y a su misión en la isla, permanezcan en ella.
Es El Hierro desde donde escribe al mundo, desde donde ama la vida rescatado desde lo más profundo. Ama la vida a pesar de que en ocasiones parece muerta, a pesar del frío que a veces consumirá su esperanza incierta.

Este es el poema que le dio él a ella, después de conocerla:

Herreña:

             Existió una vez una gaviota,
            a la cual un fuerte viento
            hirió hasta siempre 
            de un ala.
            
             Amaba mucho la vida 
            esta gaviota,
            le gustaban sus horizontes 
            y color.

             Y echó a volar de nuevo 
            con valor,
            y voló y aprendió muchas cosas
            con un ala y mucho amor.

             Y llegó a lugares 
            que no conocía,
            y del mismo néctar de la vida 
            comió.
            
             Halló tesoros infinitos,
            remontó las grandes alturas,
            y allí, en la paz, 
            sola se sintió.
            
             Ella sabía que el Universo
            la protegía y abrazaba con amor,
            mas a causa de su gran tamaño,
            no llenó del todo su corazón.
            
             Ahora planea 
            vagabunda,
            y se dice a sí misma:
            -Encuentra una gaviota como yo.
            
             Y quedó despejado el cielo 
            donde había un nubarrón,
            remontó hasta ella singular gaviota
            de incomparable color,

            con gran luz en sus ojos
            -¡esa luz es como yo!
            Su alma 
            era grande y hermosa,

            (hasta mirarla 
            le daba temor),
            y quiso no dañarla 
            con su ala,

            y quiso atraerla 
            con amor,
            a volar juntos 
            por un cielo,

            para ver, 
            si volando 
            y volando,
            planeaba el amor.

                                                           FIN