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Cualquier parecido con la realidad es pura casualidad...

Para Encarna, con mucho cariño.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Nota sobre el autor

Francisco Agustín Pérez García, herreño de adopción, autor de este blog, llegó al Hierro empezando el año 1992. Desde entonces nunca más quiso salir de la isla, excepto en contadas ocasiones, y por razones médicas o familiares.

Aficionado a escribir desde su infancia, a los dieciséis años sufre un accidente de tráfico con una moto que cambia su vida de forma radical. Ahí es donde más se vuelca a escribir. 

A causa de su alma atormentada no pudo conservar todo lo escrito, tanto en papel, como en las redes sociales, pero sí consiguió conservar una de sus últimas obras, expuesta en este blog: "Brumas de esperanza".

El autor la ofrece al público de manera libre y gratuita en este blog para ser solo leída o compartida.

Brumas de esperanza

El barrio de Tesine, a esas horas y en pleno mes de mayo, tenía la apariencia de un sueño plata y perezoso que nunca fuera a despertar: la bruma, asentada frente a la ventana, tenía en sí misma el misterio de la vida y el sinsentido de un día más.

María se frotó la cara para hacerla entrar en calor. La piel de su hermoso y joven cuerpo amanecía fría como la escarcha, aunque el hielo del invierno ya se había retirado semanas atrás. Los huesos tampoco despertaban mejor.

Ya tenía la cafetera al fuego, y Carlos, su hombre, se ponía el remendado pantalón verde y las botas sucias y gastadas del trabajo; como si nunca lo hubieran dejado en paro; como si ya la cuadrilla lo estuviera esperando en la calle; como si no se hubiera pasado toda la noche sin poder dormir, pensando qué hacer para arrastrar un día más sin vivir. Vivir, para Carlos y su familia, y por supuesto para María, era un concepto inseparable del trabajo. Trabajar era vivir, y vivir era trabajar; estar en paro era tener una grave enfermedad.

Desde pequeños, María y Carlos no habían conocido otro quehacer. Es verdad que fueron a la escuela, hasta los catorce ella y hasta los trece él, pero aquella experiencia fue más bien un tiempo de juego y descanso de lo realmente importante. Cuando el Colegio de Valverde abría las puertas, tanto Carlitos como la pequeña María ya llevaban horas levantados. Habían desayunado la leche fresca con gofio e higos pasados; habían ido a los animales él, y a limpiar la cuadra y repartir la leche ella. 

 Después se habían lavado lo mejor posible en el viejo lavabo que compartían las dos casas; que por más que sus madres se empeñaban cada día en frotar y frotar, no le salían las manchas amarillas que de viejo tenía. Así como la piel de sus madres se había envejecido antes de tiempo con el sol de las montañas, a fuerza de pasar tantos años trabajando en el campo.

La pequeña María, desde la ventana de la cocina, podía ver la luz encendida en la casa de Carlitos. 

No eran hermanos, pero como si lo fueran: eran compañeros en las labores del campo junto con sus padres y tíos; aunque quizás, lo más importante para ella, era que Carlitos fue el único niño en el colegio que miraba por ella: no dudaba en liarse a tortas con dos niños de rabo blanco (de familias supuestamente acomodadas), que aprovechaban cualquier ocasión para dejarle claro, a la pequeña María, que olía a mierda de vaca y no merecía ir al mismo colegio que ellos. En realidad, era la mentalidad de ellos la que sobraba, pero Franco todavía no había muerto, y aún eso, a fuerza de no poderse decir, nadie lo escuchaba.

La distinción social en dos grupos: de rabo blanco y rabo negro, era la más de las veces un prejuicio social, y no una realidad fundamentada; pues en la isla se contaban con los dedos de una mano aquellos que no tuvieran escasez de recursos. El color "del rabo" era por lo tanto, casi siempre, solamente una apariencia, un prejuicio que podía ubicarse en cualquier persona, tuviese "el rabo" del color que lo tuviese. Sin mencionar los rabos teñidos de blanco, a los que bastaba cualquier aguacero para que se delatase su verdadero color, que ese es otro cantar. Por suerte, había personas en la isla que habían sido educadas por madres admirables, que sabían muy bien que las personas, en realidad, no tienen "rabo", a lo sumo, una larga cola de prejuicios en la cabeza.

Carlos y María intentaban despertar aquella mañana del mes de mayo. Sentados en la mesita de la pequeña cocina de paredes que un día fueran blancas, y a las que hoy oscurecía la humedad, recibían agradecidos en la piel de su rostro, el calor del aroma que subía desde las tazas de café arrimadas a sus labios. María sujetaba la taza abrazándola con sus manos. Recordó con media sonrisa una vez que Carlitos y ella estaban atareados en el campo:

En un momento de descanso, ella, aburrida, le tiró una piedra acertando a darle en el “tronco la oreja”.

Cuando Carlitos sintió el impacto, se llevó instintivamente la mano al lugar del quemazón, e imaginó que la pequeña María tenía ganas de jugar. Salió corriendo tras ella con los brazos extendidos, y gritando con aquella aparente furia (que no podía esconder un gesto de amor): -¡Ven aquí sanjorina…!, ¡no corras Mariquilla...! No tardó más de un tris en darle alcance, rodearla y atraparla con sus fuertes brazos. La abrazó por detrás elevándola un palmo del suelo, y caminó llevando a la pequeña María en volandas hasta la enmohecida bañera, que servía de abrevadero para las vacas, donde una fina y flotante capa de moho cubría el agua bendita. Bendita, al menos, para los animales.

Carlitos, resuelto a hacerle pagar caro su atrevimiento, agarró fuertemente la cabeza de María con sus manos, empurrándola hacia abajo, donde le esperaba el verde líquido amenazador. María se resistía, en vano, con todas sus fuerzas, intentando zafarse de semejante destino, pero era harto difícil escapar de Carlitos, por muy fuerte que ella también estuviese gracias a la dureza del campo y a los copiosos desayunos.

Carlitos, aunque era pequeño de estatura para su edad, estaba fuerte como un becerro, y no desistiría de su resolución. Cuando María sintió el agua pegajosa invadir sus ojos, boca, nariz y orejas, estalló en una rabia incontenible producto del asco que le provocaba el agua, baboseada por las vacas, en su cara, y el no poder respirar.

Él siempre jugaba con ella cogiéndole la nariz, dificultando así la respiración por un segundo; aunque su verdadera intención era sentirla cerca y llamar su atención. Jugar con ella era como un refresco en el tedio del trabajo diario, pero ella odiaba sentirse atrapada y se enojaba mucho con él.

No fue hasta aquel verano del ochenta y dos, que entendió que María odiaba esos juegos de manos. No fue hasta aquel verano en que se entregaron juntos al deseo, cuando él conoció el verdadero lenguaje del amor.

Por fin, al cabo de un inacabable segundo, Carlitos abrió sus manos y brazos riendo a carcajadas; y ella sacó su cabeza del agua con el impulso de un resorte desesperado, y con una máscara verde en la cara que no le impedía ver la horquilla que se encontraba a su alcance por la derecha. De un brincó la cogió roja de cólera y locura, y salió corriendo tras él gritando con fuerza y aterradora credibilidad: ¡Te mato, te mato...!, blandiendo en alto la amenazadora horquilla en su mano derecha, y bombeando, desesperado, su indignado corazón.

Con un pestañeo de sus ojos, María volvió a sentir el calor de la taza en sus manos. Levantando la mirada hacia su compañero, le dijo: -¿A quién piensas ver hoy?  -Hoy daré una vuelta por el norte a ver si veo a Justo, el hijo de Otilia.

-¿La de Betenama? Carlos le respondió con un sí seco, arrugando la comisura de sus labios como hacía siempre que no quería hablar más sobre algo porque le perturbaba demasiado. Después añadió: -¿Cuánto dinero te queda “pa” ir hoy a la tienda?

-Tres o cuatro euros, pero voy a ir a casa de mi madre “pa” pedirle que nos deje veinte “pa” llegar a junio, y ya con la ayuda le devolvemos todo.

Carlos se quedó un momento pensativo, como si algo o alguien le hablase desde algún rincón de su memoria. Después, modulando la voz con aquel tono de sabiduría que ponía a veces, le dijo a María: -¿Te acuerdas cuando pensábamos que no había nada peor que trabajar en el campo con los animales? Ahora daría lo que fuese porque alguien tuviera animales que poder cuidar. Al menos podríamos tener un hijo. Recuerdo cómo lo deseabas el día que nos mudamos “pa” vivir juntos, ¡cómo lo deseábamos! Cómo te gustaba bailar y ya hace tanto que no vamos... ¡De dónde nos habrá caído tan mala suerte! 

-No te tortures más Carlos, ya verás: por algún sitio vendrá la buena y todo será posible mientras haya salud. A lo mejor el ayuntamiento cualquier día nos llama... 

 -Ya sabes lo que me dicen siempre: que no tenemos estudios, y así es muy difícil colocarnos...  -Pues cualquiera se mete a estudiar a estas alturas. Dijo María con un gesto de cansancio. Con ese comentario terminaron de hablar.

Carlos se fue a hacer dedo en el barrio de El Cabo para que algún coche le llevase al norte a probar fortuna. María se quedó recogiendo un poco la casa. 

Mientras limpiaba, a veces ponía un poco de música en la radio para animarse; sobre todo los días en que la bruma ensombrecía Tesine con una película deprimente y desalentadora, pero que a la vez, mantenía oculta una misteriosa y latente esperanza. 

Le dio al buscador de la radio, aunque no eran muchas las emisoras que desde su casa se podían sintonizar. Por alguna razón, aquel buscar emisoras en la nada hizo que ella se fuera volando a lomos de su imaginación, a través de las nubes de su memoria, para aterrizar en aquel diecinueve de septiembre de mil novecientos ochenta y dos. 

Ya la pubertad empujaba con fuerza sus cuerpos infantiles cuando aquella tarde, la madre de Carlitos y la de la pequeña María, entre risitas y cuchicheos comían unas brevas en la cocina de la casa de ella.

Los niños preguntaron al unísono a sus madres si podían ir a jugar un rato, y sus madres, casi a la vez, les dijeron que tenían toda la tarde para ellos.

En un tris, ya estaban corriendo por el sendero que lleva a sus casas, pero en dirección opuesta; y él la cogió de la mano, la miró feliz y exultante de gozos latentes, agradecido por aquella oportunidad extraordinaria, y le dijo: -¡Vamos a Tifirabe! Ella, compartiendo aquel gozo con él, le hizo ver que sí repetidas veces, con un movimiento gestual en su rostro y aquella preciosa sonrisa y aquel brillo en sus ojos.

La charca de Tifirabe era un embalse de agua situado tres kilómetros montaña arriba, pero corriendo como iban, sin pisar el suelo, llegaron enseguida. Aquella charca llevaba años saliéndose por una fuga que tenía, según decían sus padres, desde que fue construida. El fondo de la charca no era llano, sino que tenía una gran rampa, de lado a lado, que desde la media altura de la charca bajaba hasta el fondo, donde siempre había un metro de agua de profundidad formando una pequeña laguna de agua verdosa, que junto a la rampa hacía las veces de una playa en la imaginación de unos niños que veían el mar más bien poco.

Todos los años se daban alguna escapada a la charca para bañarse, tomar el sol, gritar fuerte entre sus paredes y buscar ranas.

Pero en aquel mil novecientos ochenta y dos, una fuerza desconocida bullía en su interior. Cuando ella se desnudó dispuesta a darse un chapuzón, quedó solo con las bragas, que ya dibujaban con blanca claridad las curvas femeninas de un género dispuesto a reclamar. Carlitos quedó atrapado en la belleza de ella, y ella, al darse cuenta, se puso roja como un tomate y se quedó como paralizada, sin saber qué hacer. Por fin él se desnudó también, salió corriendo despavorido, y se adentró en el agua riendo y mojando a María, tirándole agua repetidas veces hasta que ella, empapada, también se dio una zambullida acercándose a él muerta de risa, intentando hacerle una ahogadilla.

Entre aquellos juegos, sus cuerpos, al rozarse, pusieron en marcha desconocidos mecanismos que los acercaban como dos imanes testarudos dispuestos a saltarse cualquier impedimento.

Exaustos de brincar terminaron en “la playa”; ella, con los ojos cerrados y una sonrisa, acostada boca arriba; él, de lado hacia ella, perdido en la luz del sol que al rebotar en el precioso cuerpo de aquella niña, reivindicaba la salvaje belleza femenina.

Entonces él le preguntó a ella si jugaban a que eran mayores, y a pesar de ser la primera vez que le proponía ese juego, ella le dijo que sí. Él la abrazó desesperado, y ella, temblando, lo recibió resuelta al amor. 

Acariciar, besar, morir, subir al cielo y reventar, y dentro del pecho expeler el dolor eterno al gozar.

Se acariciaron, abrazaron y besaron sin fin, con las bocas y con los sexos, a los que, pese a todo, no les fue permitido superar la frontera del calzoncillo y las braguitas, que seguían ahí como coartada del “delito” y pasaporte para gozar toda la tarde de aquella maravillosa experiencia de calor veraniego y cuerpos templados.

El  azar cayó en Onda Herreña, que en ese momento transmitía "Las rancheras del amigo Antonio" (música alegre, la que ella quería): perfecto, ¡a limpiar! 

Mientras tanto, Carlos ya era conducido por Venancio, el primo de Isora que siempre le paraba la camioneta. En el interior del vehículo el ruido era atronador, pero a pesar de ello, ambos primos mantenían a gritos una intrascendente conversación de lo más animada; como si los problemas del mundo en general y de la isla en particular, no fueran con ellos; como el desahogo por una válvula de escape de una olla a presión. Esos momentos eran bienvenidos, y hasta necesarios.

El contenido de aquella elevada conversación pasó de las risas a pintar en el rostro de Venancio un evidente enfado; en el de Carlos, una creciente atención. 

La conversación giraba en torno a la desgracia que le había sobrevenido a un vecino y amigo de Venancio: se había quedado sin mujer, sin hijos y sin casa, según las palabras de Venancio, por culpa de que a su mujer no se le había ocurrido otra cosa que ponerse a estudiar en Radio ECCA, y al parecer, se había espabilado demasiado.

Carlos no tenía formación, pero poseía la inteligencia de pensar antes de hablar; sobre todo cuando algo le hacía intuir que un asunto merecía especial cuidado. Miró el cercano mar allá abajo y preguntó a Venancio: -¿Pero ellos estaban bien antes de ella ponerse a estudiar? Sólo esa pregunta fue suficiente para que Venancio respondiera bajando el tono y la intensidad de su voz; ya no sonaba tan resuelta y beligerante: -La verdad es que él es un poco bruto de boca, pero en el fondo es buena persona. 

-Venancio, se puede ser bruto “pa” la gente o “pa” uno mismo, pero tratar bien a una mujer; ¿a ella la trataba bien? -¡Carlos, no digas burradas, si uno es bruto es bruto “pa” todo! ¡No se puede ser bruto “pa” una cosa sí, y “pa” otra no!

En tanto hablaban, ya habían llegado a El Mocanal, a la altura del Potrero. El Potrero era un bar a pie de carretera, en el que los trabajadores que van y vienen de dos de las principales poblaciones de la isla, conocidas por Villa de Santa María de Valverde y La Frontera, paran para tomar un cafecito, saludar una cara amiga, comentar el último partido de fútbol o contienda política, y continuar con la jornada de trabajo.

Venancio paró la camioneta en los aparcamientos que hay enfrente del bar para dejar a Carlos, pero como la conversación valía la pena, paró el motor. Carlos volvió a dar en el clavo con una de sus preguntas, dejando esta vez descolocado del todo a Venancio: -¿Él tenía animales? -Sí tenía y tiene, ¡que tampoco se ha muerto el hombre! ¿Pero qué tiene eso que ver con su mujer? Jajaja. 

-¿Y tú has visto cómo trata a sus animales? Carlos perseveró en la seriedad ante las risas de Venancio, con la resolución de quien sabe perfectamente a dónde quiere ir. -Tiene unas pocas de cabras y poco más. También tiene perros y un montón de gatos a los que cuida con un esmero admirable; adora a sus animales. Fíjate que cuando les habla, le cambia hasta la voz; se pone todo meloso el hombre. 

-¿Y a su mujer le hablaba así? 

A cada pregunta de Carlos se diría que no sólo aquella conversación se esclarecía más y más: era el lado oscuro de una mentalidad heredada lo que se ponía patas arriba. Venancio no pudo más que responder con sinceridad, aunque ésta reprochase su propia actitud: -Por lo que dicen y por lo que yo vi, a su mujer casi no le hablaba. 

-Ya veo. Comentó Carlos como reflexionando. No conformándose con eso, continuó diciendo: -Bueno, por lo menos la respetaría y no intentaría reprimirla... -¿Qué significa esa palabra? Preguntó Venancio enfurruñado. 

-¿Cuál? -Esa que dijiste por último: repri no sé qué. 

-¿Reprimir? Mira Venancio, a ver cómo te lo puedo explicar. Reprimir es como... 

A Carlos siempre le costaba encontrar palabras adecuadas. Palabras, que en este caso, no sólo valiesen para explicar el significado de aquella palabra, sino para dilucidar el asunto que estaban tratando. Ya empezaba a intuir que no sólo el caso del vecino de Venancio quedaría esclarecido en aquella camioneta, sino quizás, parte de sus propias vidas.

Al fin Carlos añadió: -¿Qué haces cuando tienes una cabra, y no quieres que salte un cercado y paste fuera de lo tuyo? Venancio, lleno de intriga y curiosidad, contestó: -¡Apearla! 

-Pues ahí lo tienes Venancio. Intentar reprimir a una mujer significa tratarla como si fuera un animal, y no como lo que es: un ser humano igual al hombre, y no sólo igual al hombre. La mujer es en muchas cosas mejor que nosotros.

Un silencio esclarecedor respondió al comentario de Carlos. Venancio, rendido, se sumó a la reflexión: -Recuerdo una vez que mi mujer, los niños y yo cenamos en su casa; y no sé, ocurrió algo que no le gustó nada a mi mujer y a mi me extrañó, la verdad.

-¿Qué fue? Preguntó Carlos, con la honesta pero ansiosa curiosidad que permanece muy lejos del morbo malsano que acarrean muchas de las curiosidades locales.

Venancio continuó su historia: -En un momento de la cena, Clara, mi mujer, contó una gracia; y Ana, la mujer de mi vecino, se echó a reír. 

-Ahá... -Entonces, sin venir a cuento, el marido de Ana lanzó un gruñido de mala sangre, y la miró como... como con asco y desprecio. 

-¿Por el hecho de reírse con tu mujer? -Eso es. Tenías que haberlo visto, mi mujer se quedó de piedra. 

-Pues ahí lo tienes Venancio: En este caso, volver a estudiar le sirvió a tu vecina para darse cuenta de que es una persona con derechos y posibilidades, y no un animal indefenso en manos de un hombre que se comporta como una bestia. -¡Muchacho, me voy que no llego! Dijo Venancio arrancando la camioneta. 

Se despidieron, y Carlos se sentó en un saliente del aparcamiento: quedó como parado en el tiempo,  y pensó en cómo el hecho de estudiar había ayudado a aquella mujer. Miró el mar buscando respuestas a preguntas que aún no había conseguido formular, pero siempre que se sentía así, el mar le ayudaba a comprender aquello que le atormentaba. Recordó los problemas que tanto María como él habían tenido para encontrar trabajo. Le dio miedo pensar que quizás María, con estudios y un buen trabajo, no se quedaría a su lado. Pensó que al fin y al cabo, él era un don nadie sin formación ni futuro. Y es que María era tan bonita... 

La visualizó caminando por la calle principal de la Villa, con un vestido de esos que nunca le pudo regalar: Encarnadas y finas telas dibujaban la belleza de unas líneas curvas y jóvenes; unos zapatos rojos, de tacón alto, provocaban a su cuerpo el ángulo deseado para resaltar sus redondas nalgas, que se balanceaban alegres, al paso de las deseadas piernas, que marcaban con femenina y genética inteligencia, los músculos vestidos de una piel tersa y marfil. Un escote de infarto lucía dos senos firmes y llenos. 

-¡Está de cine mi María!

De pronto, el miedo se apoderó de él. Se frotó los ojos intentando borrar de su mente aquella fantástica visión. Nunca había visto a María con un vestido así o tan arreglada.

Él la amaba, y precisamente por eso, y aún sin ser consciente de ello, no podía permitir que su miedo se convirtiera en un lastre para ella.  Pero había llegado la hora de pensar en esas cosas. Cosas como qué podía hacer él para ayudarla a progresar como mujer. Cosas como que ayudarla es amarla y ser un hombre; y lo otro..., lo otro es otra cosa.

No fue capaz de esperar un minuto más sin contarle la buena nueva a su María. Cogió el camino de vuelta a casa, imaginando las mejores palabras para convencer a la mujer de su vida de que terminara sus estudios. Aunque María todo lo que tenía de linda lo tenía de tozuda: si decía que no más de una semana seguida, ya podía venir San Judas Tadeo en persona, que era no y no.

Cuando llegó a casa, encontró a María atareada en el dormitorio -cuya entrada estaba en el corto pasillo, frente a la puerta principal-, con el viejo pantalón, el pelo enmarañado y las gastadas zapatillas.

Descansaba un momento la espalda, apoyándose con la mano izquierda en el palo de la fregona, y con el puño cerrado de la otra en su cintura.

Al escuchar las llaves, se giró para ver abrir la puerta de la casa, y vio a Carlos con la felicidad en la cara. La alegría no necesitó más que un segundo para contagiarse. Le dijo sorprendida e ilusionada: -¡Carlos, encontraste trabajo! -No, María… pero ha ocurrido algo… ¡Algo muy bueno María! 

La abrazó ciñendo la cintura, y sintiendo, a la par de las pieles estremeciéndose, que tenía entre sus brazos algo de gran valor. Olió su pelo en una bocanada que le traía recuerdos instantáneos e inconscientes de dilatado placer. 

Se sentaron a los pies de la cama dados de la mano. Ella, dispuesta a lo que él quisiera porque ella lo quería todo; él, decidido a su intención: le contó la conversación que había tenido con su primo Venancio; lo que le había ocurrido a aquella familia de Isora; lo guapa que estaba en la hermosa visión que tuvo sentado en los aparcamientos de El Potrero, en El Mocanal; las cosas que había sentido y meditado en su corazón...

Ella le abrazó el cuello reclinándose hacia atrás; sobre la cama deshecha lo besó con la boca dulce, el alma suave y el cuerpo caliente, y tras los instantes eternos, distanciándose unos centímetros de su cara, le dijo que lo amaba y añadió -sorprendiendo a Carlos- con aquella preciosa sonrisa: -¡Sí, sí!, estudiaré en Radio ECCA con mi prima, pero con una condición: ¡tú vendrás conmigo! Lo volvió a besar apasionada, y entre abrazos de manos y piernas le dijo “mi amor…”, y al decir "mi amor", frenó intencionadamente la velocidad y el volumen de las palabras, reflejando en sus ojos cada una de las letras pronunciadas, y dejando después un gesto de aprobación. Lo que ocurrió después pertenece a la intimidad de dos cuerpos desnudos entregados al amor.

Así fue como Carlos y María tomaron la decisión. Después de dos años acabaron sus estudios y consiguieron trabajo los dos: ella, un buen puesto en el Cabildo, y él, uno que no estaba mal en el Ayuntamiento.

Empezaron a frecuentar bailes y actividades culturales, que trajeron consigo un aliciente más para sus vidas, una forma más de disfrutar de su amor; sumado a la autoestima de comprobar cómo sacaban para adelante sus estudios, y mejoraban como personas y como pareja día a día.

¡Ah, lo olvidaba! La visión de Carlos de su mujer bien vestida por la calle, se cumplió tal y como él la visualizó. Lo que faltaba por esclarecer en aquella visión, es que cuando se cumplió, Carlos miraba a su María desde su coche, aparcado en la balaustrada de la calle principal de la Villa, esperándola para llevarla a casa. Y que cuando ella llegó hasta él, lo saludó con un beso de amor, una sonrisa, y le espetó: -¡Ahora, a por el niño!

                              

                                 FIN